Para muchos atletas de resistencia, septiembre y octubre son meses de transición. Se acaban las vacaciones de verano, los niños vuelven al colegio, las exigencias profesionales aumentan de nuevo y, tras meses de entrenamiento estructurado y competiciones, la temporada puede estar llegando a su fin.
Para algunos atletas, el resultado es conocido: el entusiasmo por entrenar se apaga, cuesta más ponerse con las sesiones duras, las pequeñas molestias se notan más y la próxima carrera ya no motiva como antes.
Podríamos llamarlo, medio en broma, “Septemberitis”.
Que quede claro: la Septemberitis no es un diagnóstico médico ni psicológico. Tampoco hay que interpretar automáticamente una pérdida temporal de motivación como un problema de salud mental. Las fluctuaciones de motivación forman parte normal de una temporada de entrenamiento larga.
Aun así, el fenómeno pone de relieve algo que los entrenadores a veces subestiman: el estrés del entrenamiento no existe al margen del resto de la vida del atleta. El trabajo, las responsabilidades familiares, las exigencias cognitivas, la enfermedad, las lesiones, las expectativas deportivas y meses de entrenamiento acumulado pueden competir por los mismos recursos de recuperación, que son limitados.
Por eso, al final de la temporada, decirle sin más a un atleta que “siga motivado” puede ser justo el enfoque equivocado.
El entrenamiento es solo una parte de la ecuación del estrés
Un buen ejemplo lo ofrecen Vleck y sus colegas, que estudiaron el estrés por entrenamiento, trabajo y vida personal en 48 triatletas amateurs de alto nivel de distancia olímpica que competían en los Campeonatos del Mundo por Grupos de Edad de la ITU.
Eran atletas serios. La mayoría eran veteranos (masters) y muchos combinaban un compromiso considerable con el entrenamiento con un empleo. Los participantes declararon trabajar o estudiar una media de 7,6 horas (± 2,5 de variabilidad) al día mientras completaban aproximadamente 1,7 ± 0,5 sesiones de entrenamiento al día. Para el 62,5 % de los atletas, el programa de entrenamiento tenía que organizarse en torno a un empleo a tiempo completo.
Quizá el hallazgo más interesante fue de dónde procedía el estrés que percibían.
A lo largo del año anterior:
- el 42,0 % del estrés vital total estaba relacionado con el deporte;
- el 31,3 % estaba relacionado con factores personales;
- el 14,0 % estaba relacionado con la carrera profesional;
- el 12,7 % estaba relacionado con las relaciones personales.
El estrés relacionado con el deporte era, por tanto, el factor que más contribuía. No alcanzar los objetivos deportivos, las lesiones y la enfermedad eran especialmente propensos a generar estrés negativo.
Ese hallazgo merece atención.
Se trataba de atletas amateurs que practicaban deporte de forma voluntaria. Y, sin embargo, el propio deporte se había convertido en una fuente importante de estrés.
Esto no significa que el deporte de competición sea perjudicial en sí mismo. Muestra que una actividad que se practica por disfrute y por superación puede convertirse poco a poco en una obligación más, sobre todo cuando se añaden objetivos de entrenamiento ambiciosos a una vida profesional y familiar ya exigente.
La fatiga mental puede afectar al ejercicio
También hay evidencia experimental que sugiere que la fatiga cognitiva puede influir en el rendimiento posterior durante el ejercicio.
En un conocido estudio cruzado y aleatorizado, Marcora y sus colegas pidieron a 16 participantes que realizaran 90 minutos de una tarea cognitiva exigente o 90 minutos viendo documentales neutros. Después pedalearon hasta el agotamiento al 80 % de su potencia máxima.
Tras la tarea mentalmente fatigante, el tiempo medio hasta el agotamiento bajó de 754 ± 339 segundos a 640 ± 316 segundos, una reducción de aproximadamente el 15 %. Trece de los dieciséis participantes se detuvieron antes tras la condición de fatiga mental.
Curiosamente, la explicación no parecía ser un deterioro importante de la función cardiovascular o metabólica. Las respuestas fisiológicas durante el ejercicio fueron en gran medida similares entre condiciones. Lo que sí cambió fue la percepción del esfuerzo, que los participantes declararon más alta tras la tarea cognitivamente exigente. En la práctica, la misma carga física se sentía más dura.
Esa observación ofrece una explicación atractiva para algo que los entrenadores ven a menudo: un atleta puede seguir teniendo la capacidad fisiológica para completar un entrenamiento y, aun así, vivir la sesión como inusualmente exigente después de un día estresante en el trabajo.
Sin embargo, conviene ser prudentes.
Una réplica más amplia y prerregistrada con 30 adultos físicamente activos consiguió inducir fatiga mental, pero no encontró ninguna reducción del tiempo hasta el agotamiento en bicicleta. El análisis bayesiano aportó evidencia de moderada a fuerte a favor de que no hubo deterioro del rendimiento en ese experimento.
La evidencia de la investigación específica por deporte también es dispar. Una revisión sistemática con metaanálisis de seis estudios en futbolistas varones jóvenes y adultos jóvenes no encontró ningún efecto estadísticamente significativo de la fatiga mental inducida experimentalmente sobre la distancia total recorrida ni sobre el comportamiento táctico en juegos reducidos.
Por tanto, la conclusión práctica no debería ser que “la fatiga mental reduce el rendimiento un 15 %”. La evidencia no justifica una afirmación tan universal. Una interpretación mejor es que la carga cognitiva y psicológica puede influir en cómo se vive el ejercicio y, en determinadas circunstancias, en cómo rinden los atletas. El tamaño y la consistencia de ese efecto varían según la persona y la situación.
Reconocer un bajón de final de temporada
No existe un único biomarcador de la “Septemberitis”, y los entrenadores deberían evitar diagnosticar estados psicológicos a partir de los datos de entrenamiento. Es mejor buscar conjuntos de cambios respecto al comportamiento habitual del atleta:
- menos motivación o entusiasmo por entrenar;
- un esfuerzo percibido persistentemente más alto con cargas conocidas;
- una fatiga inusual;
- un rendimiento que empeora;
- irritabilidad o cambios de humor;
- alteraciones del sueño;
- menos apetito;
- pequeñas molestias de salud recurrentes;
- menos ganas de competir o de completar sesiones exigentes.
Medidas fisiológicas como la frecuencia cardiaca en reposo o la VFC pueden aportar contexto, pero son inespecíficas. Un valor de VFC reducido no te dice que un atleta esté mentalmente fatigado, sobreentrenado o psicológicamente mal. Su valor está sobre todo en los patrones longitudinales, interpretados junto con los datos subjetivos y de rendimiento.
Esta distinción es especialmente importante, porque un bajón de motivación normal y temporal no debe confundirse con un trastorno de salud mental. Al mismo tiempo, los cambios persistentes o importantes en el estado de ánimo, el comportamiento o el funcionamiento diario no deberían despacharse sin más como falta de motivación. El consenso del COI sobre salud mental en atletas de élite subraya que los síntomas de salud mental se dan en las poblaciones deportivas y que el propio entorno deportivo puede aportar factores de estrés relevantes.
Detecta el bajón antes de que tu atleta lo diga en voz alta.
Ningún número por sí solo te dice que un atleta va sin reservas. El patrón sí. Pregunta a Coachbox AI "¿Quién valora las mismas sesiones como más duras desde septiembre?" o "Analiza el sueño, la VFC, la frecuencia cardiaca en reposo y las notas desde la última carrera" y obtienes en segundos una respuesta basada en los datos sincronizados. Después tú empiezas la conversación que importa.
¿Qué significa esto para el entrenamiento?
Probablemente la primera pregunta no debería ser:
“¿Cómo conseguimos que este atleta vuelva a entrenar más duro?”
Una pregunta más útil es:
“¿Por qué ahora el entrenamiento le exige más esfuerzo de lo habitual?”
Al final de una temporada larga, hay varias explicaciones posibles.
Puede que el atleta haya acumulado una fatiga física considerable. Puede que su gran objetivo competitivo ya haya pasado. Puede que hayan aumentado las exigencias del trabajo o que hayan cambiado las responsabilidades familiares. Meses de entrenamiento estructurado pueden haber reducido su sensación de autonomía. O simplemente puede que el atleta necesite un cambio de enfoque temporal.
La intervención adecuada depende de la causa. Precisamente por eso no basta con controlar la carga de entrenamiento sin entender el contexto más amplio del atleta.
Conclusiones prácticas
1. Controla la carga vital, no solo la carga de entrenamiento
Un programa de entrenamiento perfectamente diseñado puede dejar de ser adecuado cuando cambian las exigencias del trabajo, la familia o el plano psicológico. Pregunta con regularidad a tus atletas por el sueño, la fatiga percibida, la motivación, el estrés laboral y el bienestar general, en lugar de interpretar las métricas de entrenamiento de forma aislada.
2. Trata la caída de motivación como información
Una reducción temporal de la motivación no es necesariamente un problema que haya que eliminar. Puede indicar fatiga acumulada, la pérdida de objetivos con sentido, un exceso de estructura o un cambio de prioridades. Entender por qué ha cambiado la motivación es más útil que exigir sin más una mayor disciplina.
3. Incorpora verdaderos periodos de transición en la temporada
Los atletas no necesitan mantener el máximo enfoque competitivo durante todo el año. Después de los periodos de competición importantes, reducir la estructura, la intensidad o la exigencia global del entrenamiento puede aportar recuperación tanto fisiológica como psicológica. Un periodo de transición deliberado es algo distinto de seguir, sin darse cuenta, con el entrenamiento de temporada de competición hasta que el atleta pierde por completo el interés.
4. Redescubre lo que hace que el deporte sea divertido
Cuando la motivación baja, averigua qué es lo que normalmente mueve a cada atleta. Un marco práctico útil es explorar si el disfrute viene sobre todo de:
- desarrollo: aprender algo nuevo;
- competencia: notar que mejoras;
- reto: superar algo difícil;
- conexión: entrenar con otras personas;
- movimiento: simplemente disfrutar de la actividad física;
- autonomía: tener libertad para elegir.
Estas categorías no deben verse como una herramienta de diagnóstico ni como una clasificación científica rígida. Funcionan mejor como punto de partida para una conversación. A un atleta motivado por el reto puede gustarle probar otra disciplina. Alguien motivado por la conexión puede beneficiarse de más sesiones en grupo. Y un atleta que valora la autonomía quizá solo necesite varias semanas con menos entrenamientos pautados.
5. Cambia el estímulo cuando convenga
La transición de otoño puede ser una oportunidad para el senderismo, el trail running, la bicicleta de montaña, el esquí, el entrenamiento de fuerza o el trabajo técnico. Para algunos atletas, sustituir temporalmente los objetivos de rendimiento por objetivos de aprendizaje, como mejorar la técnica de natación, ganar fuerza o aprender una habilidad nueva, puede devolverles la curiosidad sin crear de inmediato otra obligación de rendimiento.
6. Reconoce cuándo el entrenamiento ya no basta
Los entrenadores deben apoyar a sus atletas, pero eso no los convierte automáticamente en profesionales cualificados de la salud mental. Los cambios persistentes en el estado de ánimo, el sueño, el apetito, el comportamiento o el funcionamiento diario requieren más atención que una simple pérdida de entusiasmo por entrenar. Cuando proceda, es preferible derivar al atleta a un profesional sanitario o de la salud mental cualificado antes que intentar resolver el problema solo con cambios en el entrenamiento.
Mensaje clave
La “Septemberitis” no es una enfermedad, y perder algo de motivación tras meses de entrenamiento no significa que al atleta le pase algo. Pero un bajón de motivación al final de la temporada puede ser información útil.
La investigación en atletas de resistencia por grupos de edad muestra que el deporte forma parte de una red considerable de factores de estrés profesionales, personales y deportivos, mientras que la investigación experimental sugiere que la fatiga mental puede alterar a veces el esfuerzo percibido y el rendimiento en el ejercicio. Sin embargo, los efectos son variables y ninguna medida fisiológica aislada permite diagnosticar el problema.
Para los entrenadores, la lección práctica es sencilla: cuando la motivación y el rendimiento empiezan a caer, no añadas automáticamente más motivación, más estructura o más entrenamiento. Primero entiende la carga total del atleta.
Referencias
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